Las mentiras de Fray Bartolomé de las Casas y la invención de la Leyenda Negra

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En la historia de la civilización hispánica hay nombres que el tiempo ha revestido de un aura de santidad que no siempre resiste el peso de la verdad. Uno de ellos es el de Fray Bartolomé de las Casas, el dominico que durante siglos ha sido presentado como “defensor de los indios” y conciencia moral del Imperio español. Pero la historia, cuando se mira sin prejuicios ni dogmas ideológicos, revela otra realidad: Las Casas fue el origen de una de las mayores campañas de desinformación de la historia moderna, el hombre que —quizá sin pretenderlo— dio las armas intelectuales a los enemigos de España y permitió que la Leyenda Negra se convirtiera en dogma en Europa y América.


El contexto: un imperio en construcción y una conciencia en debate

A comienzos del siglo XVI, España no solo era el poder militar y marítimo más grande del planeta, sino también el primer imperio que se planteó la legitimidad moral y jurídica de su expansión. Mientras otras potencias —Portugal, Inglaterra, Holanda— se limitaban a conquistar, España discutía en universidades y concilios los derechos del hombre, del alma y de la soberanía indígena.

En ese clima de escrutinio moral, surgieron figuras como Francisco de Vitoria, Suárez o Sepúlveda, pensadores que, desde la fe, dieron forma al derecho internacional moderno.
Fray Bartolomé de las Casas, sin embargo, se situó en el extremo opuesto: exageró, manipuló y distorsionó los hechos hasta pintar a los conquistadores como demonios y a los pueblos indígenas como ángeles.

Lo hizo, paradójicamente, movido por una intención que quizá fue buena: denunciar los abusos que había presenciado en el Caribe. Pero su visión parcial, hiperbólica y emocional terminó alimentando la propaganda más feroz contra España.


Las “Brevísimas” exageraciones

Su obra más famosa, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), fue un panfleto redactado a prisa y sin rigor. En ella, Las Casas describe supuestos actos de genocidio cometidos por los españoles, llegando a afirmar que en pocas décadas murieron más de 20 millones de indígenas por obra directa de los conquistadores.

El problema es que tales cifras son históricamente imposibles. La población precolombina del Caribe, por ejemplo, nunca alcanzó semejante magnitud. Los censos modernos y los estudios arqueológicos coinciden en que la principal causa del colapso demográfico fue la introducción de enfermedades epidémicas —viruela, sarampión, gripe— ante las cuales los indígenas carecían de defensas naturales.

Las Casas ignoró ese factor y redujo toda la tragedia a una supuesta “crueldad española”, presentando la conquista como una campaña de exterminio sin precedentes.
Más aún: muchas de las atrocidades que describe no las presenció, sino que las recogió de rumores, o incluso las amplificó de su imaginación moralista.


La manipulación política: de Lutero a Guillermo de Orange

La Brevísima relación fue impresa en Sevilla, pero encontró su verdadero eco fuera de España, donde los enemigos del Imperio —protestantes, anglosajones y franceses— la utilizaron como arma propagandística.
En 1556, la obra fue traducida al francés, al alemán, al inglés y al holandés, acompañada de grabados macabros realizados por Theodor de Bry, en los que los conquistadores españoles aparecían como carniceros con espadas ensangrentadas y rostros demoníacos.

Esas imágenes circularon por toda Europa, justo en el momento en que las potencias protestantes buscaban justificar su ruptura con Roma y su expansión colonial.
Gracias a Las Casas, la conquista espiritual de América fue presentada como un genocidio católico.

Mientras los ingleses exterminaban pueblos enteros en Irlanda y América del Norte, ellos se cubrían con la falsa superioridad moral de un discurso antiespañol nacido, paradójicamente, en un monasterio dominico.


Las contradicciones del propio Las Casas

Lo más irónico es que el propio Fray Bartolomé fue beneficiario del sistema que denunciaba. Llegó a América como encomendero y explotó el trabajo indígena antes de arrepentirse. Posteriormente, en sus propuestas iniciales al rey, defendió la importación de esclavos africanos para sustituir la mano de obra indígena.

Más tarde se retractó, pero el daño estaba hecho. En su celo por corregir un mal, justificó otro. Y aunque su intención pudo ser compasiva, su visión carecía de equilibrio. Veía en los indígenas una pureza irreal y en los españoles una maldad absoluta.
Su teología era más sentimental que filosófica; su retórica, más inflamatoria que exacta.

De hecho, su rival en los debates de Valladolid, Juan Ginés de Sepúlveda, fue quien sostuvo la postura más razonable: reconocía la humanidad de los indígenas, pero defendía la legitimidad del imperio como medio para evangelizar, civilizar y protegerlos.
Las Casas, en cambio, terminó desacreditando la misión cristiana de España ante el mundo.


El daño de su legado: la semilla de la culpa

El efecto de su obra fue devastador. La Leyenda Negra nacida de sus textos se infiltró en la conciencia de los propios españoles, generando siglos de complejo y autodesprecio.
Autores extranjeros —desde Voltaire y Montesquieu hasta los historiadores liberales del siglo XIX— repitieron sus exageraciones sin crítica, y los manuales escolares, incluso en América, convirtieron al conquistador en villano y al fraile en santo.

Pero la verdad es que nunca hubo en América un genocidio sistemático, y mucho menos una intención de exterminio.
España, lejos de destruir, creó universidades, hospitales, catedrales, caminos y leyes; integró a los indígenas como súbditos libres de la Corona; prohibió la esclavitud en 1542; y fue la única potencia colonial que mezcló su sangre, su lengua y su fe con los pueblos conquistados.

Mientras los colonos ingleses exterminaban a los pieles rojas y los franceses traficaban esclavos, los españoles fundaban ciudades, casaban a sus hijos con princesas indígenas y daban lugar al milagro del mestizaje.


Un héroe fabricado, una culpa inventada

Las Casas, con su pluma inflamatoria, no creó una historia fiel, sino un relato moralizante: los españoles como demonios, los indios como inocentes, el rey como tirano.
Su discurso era atractivo para las potencias rivales porque ofrecía una coartada: podían conquistar ellos mismos América, pero en nombre de la “liberación” de los pueblos oprimidos por España.

Así nació el discurso moderno del “indigenismo” —heredero directo de la Leyenda Negra—, que hasta hoy se usa para culpar a España de todos los males de América y para despojar al mestizaje de su valor espiritual.


La verdad histórica: el Imperio que enseñó a tener conciencia

Frente al mito de Las Casas, la historiografía moderna —de autores como Roca Barea, Menéndez Pidal, Lewis Hanke o Marcel Bataillon— demuestra que la Monarquía Hispánica fue la primera en cuestionar éticamente su expansión.
Ninguna otra potencia en la historia abrió juicios, redactó leyes de protección ni envió frailes y juristas a debatir sobre los derechos de los indígenas.

España no fue perfecta, pero fue la única nación que tuvo conciencia de su poder.
Las Casas confundió los abusos individuales —inevitables en toda guerra— con la política imperial, que, desde los Reyes Católicos, buscó integrar, enseñar y cristianizar.


El juicio del tiempo: verdad frente a propaganda

Hoy, a quinientos años de la llegada de Cortés a Veracruz, se hace necesario revisar sin miedo la obra de Las Casas.
No para negarle humanidad, sino para devolver la verdad al lugar que le corresponde. Su testimonio puede tener valor como denuncia parcial, pero jamás como verdad absoluta.
Fue, en definitiva, el primer gran propagandista involuntario del mundo moderno, y su voz, amplificada por los enemigos de España, creó un mito que aún envenena la memoria común.

La historia no debe escribirse desde el rencor, sino desde la justicia. Y la justicia exige reconocer que, sin España, América no sería lo que es: una civilización mestiza, cristiana, de alma común.


Conclusión: desmontar la mentira, recuperar el orgullo

Fray Bartolomé de las Casas quiso ser conciencia, y terminó siendo sombra.
Sus exageraciones sirvieron para oscurecer la mayor gesta espiritual de la humanidad: la evangelización de un continente y la unión de dos mundos bajo una misma lengua y una misma fe.

Frente a su legado de culpa, el deber de los hispanos es afirmar con serenidad que no hubo conquista sin dolor, pero tampoco sin amor; no hubo espada sin cruz, ni cruz sin sacrificio.
El mestizaje no fue una herida: fue un nacimiento.

España no robó un continente: lo rescató del sacrificio humano, le dio el Verbo, la dignidad del alma y la promesa de la eternidad.

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